Mucha gente no lo sabe, pero existe un club de suicidas en Palermo... aquí se encuentra mucha gente, gente que no tiene el valor de seguir adelante con lo que tenía planeado, y necesita el apoyo, valor, o incluso presión de los allegados para poder dar el paso final, para decidirse en la decisión.
Había mucha gente ese día en el que se casaría Augusto Noble con Inés Clara Nazareno. Había mucha gente ese hermoso martes 4 de julio. Había risas, llantos y siliencios solemnes de gente más solemne aún. Había un grupo de personas sobre todo, 9 para ser exactos, que miraban con hipócrita atención y sonrisas pintadas con acuarela el espectáculo que aquí se avecinaba. Se deleitaban en sus sádicas mentes pensando en el momento, añorando el final de tan fatídico día, el casamiento de Augusto Noble, su querido amigo, el fundador del club. Los 9. Solos, en compañía de las miradas amigables de Augusto. Sentados. Sonriendo. Silencio.
Es común en la cultura occidental que la nueva esposa tire el ramo de flores. A pesar de que esta no era la ceremonia de matrimonio mas común de occidente, se lo haría de todas maneras. Faltaban 4 mujeres a la ceremonia. Esas mujeres estaban atrás con los demás, celebrando su propia ceremonia, amigos muy viejos que sabían lo que estaban haciendo muy bien. La felicidad tiene su precio. En el momento del sorteo, la parca estaba cerca tomándose un té, y saludando a Augusto y Clara. Había llegado tarde, pero no mucho, todavía podía pasar por unas copas antes de trabajar. Se escusó debidamente por la tardanza y empezó a intercambiar palabras con Clara, ella estaba asombrada por sus nuevos zapatos, le quedaban muy bien, su masculino rostro estaba lleno de los mejores deseos para ambos, lo único que desviaba la vista del espectador de tal sujeto era la cicatriz que surcaba el medio mismo de su cara, como partiéndola a la mitad. Ya medio tomada se disculpó y se fue. No había mas nada que hacer. Saludo a los concurrentes y al cruzar la puerta, el grupo se dispersó, un hombre faltante.
Colgado de su corbata, una bella pieza de seda azul, con bordados de oro y el más elegante nudo Windsor. La elegancia esta hecha para matar. La gente miro horrorizada la escena y en el escrutinio, una carta asomo los primeros dos botones de la camisa del hombre. Señor Juez:...
Un suspiro, una mirada fija en la inmovilidad de la mesa. Los pensamientos le nublaban los ojos. Su pareja lo miró con desdén y preocupación. Él no la veía, él no podía ver. Alzó su vista con el mayor valor. Y dijo: "¿Querés ser mi esposa?". Las lágrimas de la pobre muchacha lavaron el mantel, e inundaron la habitación con sentidos encontrados, con ideas vacías, con miradas perdidas, con palabras llenas, con hojas de otoño y pétalos de jacarandá.
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ResponderEliminarQué cuento!!! Me lo imagino perfecto, toda la gente bien vestida, la fiesta de casamiento en los Salones de fiestas en capital enormes, los adornos, las emociones, todo... Muy bien contado. Te felicito!!!!
ResponderEliminarSaludos
Rocio